Cuando sus hijos eran pequeños, Wendy Wisner casi nunca los dejaba al cuidado de una niñera y no pasó una noche separada de ellos antes de que empezaran el colegio. Ahora, su hija mayor cursa segundo año en la universidad y su hijo acaba de comenzar el instituto. Al mirar atrás, Wisner afirma que ambos se han convertido en jóvenes independientes y que ya no se arrepiente de haberlos cuidado ella misma.
Un solo sueldo hizo más viable quedarse en casa
Tras el nacimiento de su primera hija, Wisner se replanteó su trabajo como profesora a tiempo parcial. Al descontar los desplazamientos y el coste del cuidado infantil, apenas le quedaba sueldo. Aunque eso significaba que la familia tendría que vivir con un solo ingreso, ella y su marido decidieron que se quedaría en casa mientras los niños fueran pequeños.
Como principal cuidadora, a Wisner le inquietaba tener que explicar a otra persona cómo acostar a los niños para la siesta o qué alimentos les gustaban. El presupuesto familiar también era ajustado, así que contratar a alguien para disponer de tiempo a solas, quedar con amigos o salir con su marido no parecía una opción realista.
La decisión no respondía solo a motivos económicos. Wisner dio el pecho a sus hijos durante años, hasta la primera infancia, y siguió compartiendo cama o habitación con ellos después del destete. Los niños dependían de ella para dormirse y seguir durmiendo, sobre todo por la noche, por lo que separarse les resultaba difícil a todos. Wisner reconoce que esta forma de crianza cercana no encaja con todas las familias, pero a ella le surgió de manera natural y disfrutó de ese tiempo con sus hijos.
Las dudas de su entorno también la hicieron cuestionarse
Wisner no sentía la necesidad de forzar una separación ni tenía motivos prácticos para buscar cuidado infantil. Sin embargo, no todos a su alrededor entendían su decisión.
Algunos familiares creían que los niños debían acostumbrarse antes a quedarse con otras personas y sugerían que tener a su madre tan cerca durante tanto tiempo podía afectar a su desarrollo. A algunos amigos les preocupaba que la pareja no tuviera tiempo a solas y que eso perjudicara su matrimonio. En ocasiones, cuenta Wisner, las críticas más difíciles eran las que se hacía a sí misma. Aunque sus hijos estaban bien durante la etapa de niños pequeños y preescolares, se preguntaba si algún día podrían separarse de ella, si seguirían durmiendo a su lado indefinidamente y si estaba descuidando su propia salud mental.
Su hija se adaptó a la universidad y su hijo viajó una semana
Los años de lactancia, de compartir cama y de recurrir rara vez a canguros han quedado atrás. La hija mayor de Wisner se ha adaptado bien a vivir fuera de casa mientras estudia en la universidad. El verano pasado, su hijo se fue de viaje una semana con familiares y apenas contestó a sus mensajes.
Hoy, Wisner describe a sus hijos como jóvenes equilibrados, independientes y creativos, cada uno con su propia personalidad. No sostiene que todas las familias deban seguir el mismo camino. Su experiencia, dice, muestra que esperar a que los niños sean mayores para contratar una niñera o dejar que duerman fuera de casa también puede ser una opción adecuada para algunas familias. En su caso, los niños que antes dependían de ella para conciliar el sueño son ahora un adolescente y una joven adulta capaces de pasar tiempo fuera de casa y viajar con sus familiares.