Con presupuestos en Estados Unidos que superaban los 13.000 dólares, Nicole Ethridge, de 39 años, decidió viajar a Estambul para someterse a un trasplante capilar. Organizó el procedimiento y el alojamiento a través de Doctours, una empresa que coordina asistencia médica internacional. El precio indicado por ambos servicios era de 2.600 dólares; como creadora de contenido en redes sociales, Ethridge pagó la mitad: 1.300 dólares. Los vuelos de ida y vuelta costaron otros 1.250 dólares.
La diferencia de precio no fue el único factor. Durante años, Ethridge había gastado dinero en tratamientos contra la caída del cabello y en pelucas. Cada una costaba entre 300 y 700 dólares, y en algunos años llegó a cambiar hasta nueve. Más adelante empezó a fabricarlas y venderlas, pero dijo que no sustituían a su propio cabello.
La caída del cabello y el coste de las pelucas
Ethridge vive en el sur de Maryland y trabaja en finanzas. Explicó que siempre había tenido el cabello fino y que empezó a perderlo de forma notable poco después del nacimiento de su hija. La caída se concentró en la línea frontal, una zona difícil de disimular incluso en lugares públicos como las peluquerías.
Un dermatólogo le diagnosticó alopecia por tracción, que puede estar relacionada con peinados tirantes o con tirar repetidamente del cabello. Para cubrir la línea frontal, empezó a usar pelucas de aspecto natural. Sin embargo, se desgastaban y su sustitución acabó suponiendo un gasto cada vez mayor.
Después comenzó a confeccionar pelucas para venderlas a mujeres con inquietudes similares. También probó varios tratamientos, entre ellos cremas y pomadas, además de un producto de venta libre para estimular el crecimiento del cabello aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA). Sus expectativas eran modestas, pero dijo que el producto ayudó a recuperar algo de cabello. Como no quedó satisfecha con el resultado, empezó a plantearse un trasplante.
Estambul, por 2.600 dólares frente a más de 13.000 en EE. UU.
Ethridge consultó clínicas estadounidenses y recibió presupuestos superiores a 13.000 dólares, por encima de lo que podía pagar. También valoró México, pero encontró menos testimonios de mujeres afroamericanas que contaran allí su experiencia y no lo consideró su primera opción.
Más tarde vio que pacientes con rasgos y texturas capilares parecidos a los suyos viajaban a una clínica de Estambul. Doctours coordinó la atención con el centro y organizó el tratamiento y la estancia en un hotel. Ethridge viajó en agosto de 2025 y permaneció cuatro días en la ciudad.
El viaje elevó la factura. Pagó 1.300 dólares por el tratamiento y el alojamiento —la mitad de los 2.600 dólares presupuestados— y 1.250 por los vuelos. El coste total fue de al menos 2.550 dólares, muy por debajo de los presupuestos recibidos en Estados Unidos. La comparación, no obstante, no incluye otros posibles gastos, como el seguimiento médico y el mantenimiento. Sus amistades le advirtieron de la incertidumbre de tratarse en el extranjero, y Ethridge dijo que sintió nervios durante el vuelo.
El crecimiento se hizo más visible a los seis meses
Durante la intervención, el equipo médico extrajo folículos pilosos de la parte posterior de la cabeza de Ethridge y los implantó en las zonas afectadas por la caída. Ella decidió raparse antes del procedimiento porque consideró que así se ajustaba mejor a sus expectativas de higiene y a la intervención. La parte más dolorosa, dijo, fueron las inyecciones de anestesia local en el cuero cabelludo. Permaneció despierta durante la operación, escuchando música o descansando por su cuenta.
Al día siguiente regresó a la clínica para un lavado capilar especializado y recibió indicaciones para los cuidados posteriores. Ethridge afirmó que empezó a notar nuevo crecimiento alrededor de cuatro meses después de la intervención, aunque el cambio todavía no era llamativo. A los seis meses, dijo, la diferencia era más evidente.
La boda, sin depender de una peluca
Tras el trasplante, Ethridge volvió a salir sin peluca, algo que no hacía desde hacía casi 20 años. Dijo que ahora se siente más segura con su aspecto. Lleva el cabello a una longitud similar a un corte pixie, un estilo que le gusta.
Ella y su prometido planean casarse el año que viene, y espera tener más cabello para la boda. También se plantea dejarlo crecer hasta un corte bob. Para Ethridge, el cambio más importante no es la longitud que alcance, sino no tener que cubrirse la línea frontal con una peluca o un pañuelo.
Su caso muestra también que el coste de recibir atención médica en otro país no se limita al precio del procedimiento: los vuelos, el alojamiento, los cuidados posteriores y el mantenimiento pueden elevar el total. La experiencia y los resultados de Ethridge son individuales; la idoneidad del tratamiento, la elección de la clínica y la evolución varían de una paciente a otra.