Más de un año después de que una trabajadora del sector tecnológico perdiera su empleo, ella y su esposa siguen pagando a medias la hipoteca y la mayoría de los gastos del hogar. Aunque valoraron adaptar el reparto a sus ingresos, sus ahorros, la indemnización por despido y las bonificaciones que había cobrado anteriormente le permiten seguir cubriendo la mitad. Su esposa, por su parte, asume ahora una mayor parte de la compra y la ha incluido en su seguro médico: el apoyo mutuo va más allá de cómo reparten la cuota hipotecaria.
De un piso en propiedad a una hipoteca compartida
Alrededor de un año después de empezar su relación, su esposa se mudó al apartamento que la trabajadora tecnológica había comprado por su cuenta. Ella tenía entonces un sueldo base más alto, además de bonificaciones por rendimiento y acciones de la empresa. Como la hipoteca era más elevada que el alquiler que habrían elegido en función de los ingresos conjuntos, pagaba la mayor parte. El supermercado, los suministros, internet y los viajes compartidos se repartían a partes iguales.
Cinco años después, vendió el apartamento, su esposa amplió su jornada laboral y ambas compraron una casa adosada. Al principio dividieron la nueva hipoteca en proporción a sus sueldos base, aproximadamente un 60/40. Ella prefería tomar como referencia el sueldo fijo, ya que las bonificaciones y las acciones podían variar de un año a otro.
Más tarde, el hospital donde trabajaba su esposa revisó los salarios tras unas negociaciones sindicales. Sus sueldos base se fueron acercando y, cuando quedaron más o menos igualados, empezaron a pagar la hipoteca a medias.
Los ahorros y la indemnización sostienen el reparto
Unos ocho meses después de acordar el reparto al 50%, la trabajadora tecnológica fue despedida. Había acumulado un fondo de emergencia durante años y recibió una indemnización, pero la pérdida de un ingreso estable alteró las finanzas de la pareja. Por primera vez desde que estaban juntas, su esposa ganaba más.
Hablaron de volver a distribuir los gastos según sus ingresos. Su esposa se ofreció a asumir una parte mayor de la hipoteca y de otras facturas, pero la mujer despedida consideró que aún podía pagar la mitad con sus ahorros, la indemnización y las bonificaciones recibidas en años anteriores. Tampoco quería trasladar a su esposa una proporción mayor de la deuda hipotecaria. Un reparto ligado a los ingresos podía parecer razonable sobre el papel, pero no necesariamente resultaría más justo para ambas.
La compra y el seguro médico también cuentan
Más de un año después del despido, siguen pagando a medias la hipoteca y la mayoría de los gastos. Su esposa trabaja ahora a jornada completa, mientras que la trabajadora tecnológica obtiene ingresos con proyectos como autónoma y por contrato. Su esposa cubre una parte mayor de la compra y la ha incorporado a su seguro médico. Ella entiende que aceptar ese apoyo es otra forma de compartir las responsabilidades del hogar.
Ambas prevén que su situación laboral, residencial y financiera siga cambiando, por lo que planean revisar periódicamente si el acuerdo les funciona. También consideran aportaciones el apoyo a la carrera profesional de la otra, el aprendizaje de nuevas habilidades y el trabajo cotidiano de mantener la casa. Para ellas, el reparto de la hipoteca es solo una parte de sus finanzas compartidas.