Una pareja de las inmediaciones de Frederick, en Maryland, temía tardar años en reunir el dinero para la entrada de una vivienda. Optó por comprarla junto a los padres de ella: ellos aportaron la entrada y la pareja asumió más de la mitad de la hipoteca. Ocho meses después de mudarse, los cuatro han adaptado sus rutinas a la convivencia, que combina el acceso a la vivienda con el apoyo familiar y los cuidados.
La compra compartida adelantó el acceso a la vivienda
Bill Coberly, escritor, y su esposa, ambos cerca de los 40 años, eligieron empleos jurídicos peor remunerados en lugar de trabajar en grandes bufetes. Además, los dos se divorciaron a finales de la década de 2010, lo que afectó a sus ahorros. Aunque ambos son abogados, calculaban que aún podían pasar muchos años antes de reunir la entrada necesaria para comprar en la zona que buscaban.
La esposa propuso adquirir una casa con sus padres. Ellos aceptaron hacerse cargo de la entrada y la pareja paga más de la mitad de la hipoteca. Coberly nunca había imaginado vivir con sus suegros, pero considera que, sin ese acuerdo familiar, quizá habrían tenido que esperar otra década para comprar.
Una casa con zonas para cada generación
Al principio buscaron un dúplex que ofreciera espacios independientes a cada generación, pero no encontraron una opción adecuada. También querían dormitorios tanto en la planta baja como en la superior: los padres de ella se acercan a los 70 años y la familia quería evitar que las escaleras se convirtieran en un problema con el paso del tiempo.
Tras varios meses de búsqueda, se decidieron por una casa de una sola planta construida en la década de 1950. Un propietario anterior había añadido una segunda planta y acondicionado el sótano. La pareja vive arriba, donde hay tres dormitorios, dos baños y una zona de lavandería. En la planta baja, los padres cuentan con la cocina principal, el salón, un pequeño despacho, un dormitorio, un baño y una cocina más reducida en la parte trasera.
En la casa también viven dos gatos, el perro de la pareja y el de los padres. Tras la mudanza, los cuatro se encontraron rodeados de cajas sin abrir y tuvieron que pensar cómo encajar sus distintas rutinas bajo el mismo techo.
Ajustes en las zonas comunes y las rutinas
Al principio, la esposa y su madre no se ponían de acuerdo sobre qué muebles comprar para las zonas comunes. También tuvieron que decidir qué hacer con la pequeña cocina trasera, que finalmente destinaron a la lavandería y a un espacio para dejarse los zapatos.
La convivencia también modificó algunos hábitos. La esposa trabaja desde casa y solía bajar por la mañana a la cocina principal; a veces se encontraba con sus padres antes de haberse despertado del todo. Más adelante, la pareja convirtió la zona de lavandería de la planta superior en una pequeña cocina, donde ella puede prepararse batidos para desayunar.
Coberly también cambió una costumbre. Se ponía los zapatos en un armario situado justo encima del dormitorio de sus suegros, y el ruido a veces los despertaba. Ahora espera a estar listo para salir antes de calzarse, lo que reduce el ruido a primera hora.
Gastos cotidianos y cuidados en familia
La pareja dice que conserva suficiente intimidad, tanto en su dormitorio como en la biblioteca que instaló en el sótano. Para las compras habituales, los cuatro suelen aportar la misma cantidad a una cuenta bancaria conjunta.
Tras ocho meses, Coberly afirma que las ventajas van más allá de haber podido comprar una casa. Su suegra prepara la cena para la familia la mayoría de las noches y los cuatro comen juntos. Cuando la pareja sale, los padres cuidan de sus perros y gatos. Si tienen hijos, los abuelos estarán cerca; y, a medida que los padres envejezcan, la pareja también podrá ayudarlos con mayor facilidad.
Compartir casa implica a veces estorbarse, pero Coberly dice que ahora conoce mejor a sus suegros. Por el momento, la familia prevé seguir viviendo allí. La compra en común les permitió repartir el coste de la entrada y la hipoteca, y organizar la vivienda como una forma de apoyo entre generaciones.