Stephanie Davis esperaba que convertirse en abuela significara disfrutar de la alegría que aportan los niños sin asumir toda la carga de criarlos. Sin embargo, cuando sostuvo por primera vez a su nieta recién nacida, esa idea cambió rápidamente. En comparación con la crianza de su hijo, hace 30 años, ahora está mucho más pendiente de los accidentes y de cómo un solo instante podría afectar a toda una familia.
Una bajada por las escaleras despierta sus peores temores
En una ocasión, Davis llevaba a su nieta pequeña por las escaleras cuando se le cruzó una idea repentina: «¿Y si se me cae?». Apretó el abrazo y continuó hasta la cocina, donde pensaba calentar la leche materna que su nuera había dejado preparada.
Davis había amamantado a su propio hijo, por lo que tenía poca experiencia calentando leche en un biberón. Mientras hervía agua, empezó a preocuparse por si estaba demasiado caliente. «¿Y si la quemo?», se preguntó. Esa noche se despertó varias veces, convencida de que no había oído llorar a la bebé y preocupada por que pudiera necesitar ayuda.
Durante el día aparecían nuevos temores. Imaginaba que la niña podía resbalarse de sus manos durante el baño o que el perro de la familia podía morderla si se ponía celoso. Le preocupaba que ocurriera algo mientras la pequeña estuviera bajo su cuidado, algo que pudiera afectarla durante el resto de su vida.
Davis había supuesto que el papel de los abuelos consistía en disfrutar del tiempo con los niños asumiendo menos responsabilidad, y que por eso sería más llevadero que la maternidad o la paternidad. Para ella, ha sido al contrario: su sentido de la responsabilidad se ha intensificado. Si su nieta sufriera algún daño, tendría que soportar no solo su propio dolor, sino también ver sufrir a su hijo y a su nuera. Esa posibilidad le resulta especialmente difícil.
De joven no pensaba así como madre
Davis recuerda que era más joven, tenía más energía y se mostraba más optimista cuando fue madre. Se describe entonces como una persona entusiasta y llena de expectativas positivas. Creía que, si ofrecía suficiente amor y esfuerzo, la vida seguiría en líneas generales el plan previsto.
Décadas después, ha visto a amigos perder a sus hijos y ha sido testigo de enfermedades que aparecieron sin previo aviso o de accidentes capaces de transformar una familia en cuestión de instantes. Esas experiencias le han dado una percepción más clara del riesgo y la incertidumbre, y ahora le resulta más fácil imaginar todo lo que podría salir mal.
Davis es licenciada en Psicología y durante un tiempo trabajó ayudando a otras personas a examinar experiencias de la infancia que habían influido en sus creencias y en la imagen que tenían de sí mismas. Creía entender cómo ayudar a los niños a desarrollar confianza y conservar una buena salud emocional. En lugar de decir «eres una niña mala», prefería decir «ese comportamiento no es apropiado», de modo que la crítica se dirigiera a la conducta y no a la identidad del menor. También decía «bien hecho» en lugar de limitarse a calificar a un niño de «bueno», porque quería reconocer el esfuerzo y no presentar la aprobación como algo automático.
Pensaba que el amor, unos valores sólidos y una crianza responsable podían ofrecer al niño un entorno estable. Ahora entiende con mayor claridad que ninguno de esos esfuerzos puede garantizar la protección frente a una enfermedad, un accidente u otros acontecimientos que escapan al control de cualquier persona.
Una mayor conciencia psicológica la ha vuelto más cauta
Además de su formación académica, Davis ha trabajado como coach y ha ayudado a personas a analizar experiencias de la infancia que moldearon sus creencias y su autoestima. Muchos de los adultos con los que trató eran capaces y estaban bien adaptados. Sus padres no habían sido crueles ni los habían descuidado de forma deliberada: eran afectuosos, pero a menudo no eran conscientes de que una interacción corriente, en un día cualquiera, podía dejar una huella duradera.
Esa experiencia ha llevado a Davis a examinar casi cada palabra y cada gesto cuando está con sus nietos. Se pregunta si una broma podría interpretarse como una burla, si un comentario de ánimo podría sonar a crítica o si la impaciencia al ser interrumpida podría quedar registrada. También teme que ofrecer demasiada ayuda haga que un niño se sienta incapaz, mientras que ofrecer muy poca podría hacerle pensar que no merece recibir apoyo.
Ese control constante puede resultar agotador. La experiencia no le ha permitido relajarse por completo cuando cuida de sus nietos. En cambio, le ha mostrado que el efecto de una relación cercana no suele surgir de los grandes acontecimientos, sino de una conversación cotidiana o de una reacción instintiva en un momento concreto.
Aun así, disfruta el tiempo con sus nietos
A pesar de la ansiedad adicional, Davis no niega que le guste ser abuela. Cuando logra apartar sus temores sobre los accidentes y sus posibles consecuencias, disfruta entrando en el mundo de los niños: jugar, mover camiones de juguete, dibujar y contar historias.
En comparación con sus años como madre, ahora dispone de más tiempo y más experiencia vital. Entonces tenía que repartir su atención entre el trabajo, la familia y otras responsabilidades. Ahora quiere concentrarse en algo más directo: querer a sus nietos de forma incondicional y asegurarse de que sepan que son queridos.
Para Davis, convertirse en abuela no ha convertido la responsabilidad en un papel sencillo desde la distancia. La edad y la experiencia han hecho más visibles los riesgos, pero también han vuelto más valiosos los momentos cotidianos de compañía. No puede controlar todos los accidentes, pero sí puede intentar que, en cada interacción, los niños se sientan seguros, respaldados y queridos.